Volver a la Residencia Universitaria
Las Fiestas Patrias fueron una buena oportunidad para terminar un texto académico sobre Inversión Extranjera y derechos de propiedad que me había propuesto sacar hace meses. Con el beneplácito de mi mujer – que a estas alturas ya avanza raudamente hacia la plenitud de la virtud humana al haber escogido casarse con este personaje – y aprovechando la compañía que le harían mis suegros y algunos cuñados, literalmente me enclaustré algunos días en el departamento de mis padres – quienes a esta hora caminan por Paris y lo harán por otros países del euro en los próximos 20 días- para terminar y/o avanzar sustancialmente en el referido proyecto. Entre cientos de papers, libros de Law and Economics y la información de una estadía de investigación en Texas a principios del semestre pasado, comencé a escribir y a pensar como darle forma al mentado paper. Horas de fructífera reflexión, y otras de árida espera, aguardando que la cabeza se dignara trabajar. Horas de pedir ayuda sobrenatural – los débiles y necesitados tenemos esa costumbre que felizmente nos hace depender de la ayuda divina para vivir y trabajar – y de leer y releer a los famosos y especialistas en el tema. Le contaba después a mi mujer al teléfono que este encierro me hacia recordar mi paso por una queridísima Residencia Universitaria donde pasé mis años de la universidad – y otros después también – en la que existía un par de veces al año las llamadas “ convivencias de estudio”. En qué consistían? Pues en organizar un grupo de estudiantes que se trasladaban un fin de semana a una apacible casa de la zona central o de la Quinta región (campo o playa, esa era la condición) con el objeto de sacar muchísimas horas de estudio y de trabajo académico; preparar trabajos, resolver problemas matemáticos, escribir ensayos, y para los que estudiábamos Derecho, preparar las pruebas que se venían. Todo ello con pausas deportivas, algunos momentos para rezar y hacer alguna lectura interesante, comer o simplemente tener alguna tertulia de actualidad con algún notable que invitábamos. Aunque suene nostálgico – señal de que se está avanzando peligrosamente a las cuatro décadas de edad – cuánto añoro esas convivencias de estudio, como tantas otras actividades que se hacían en “ mi “ Residencia Universitaria, y que hoy las siguen disfrutando quienes viven o acuden a ella. Pensaba también que hace falta hoy proponerle a mis alumnos estas maratones maravillosas de estudio, de vida interior y de trabajo académico serio, en un clima de amistad, buenas conversaciones, deporte y deseos de progresar, tanto en el alma como en la mente. Algarrobo, Zapallar, San Fernando y otros lugares que tantas veces nos vieron pasear por parques, playas y jardines, con un libro en la mano, repitiendo y memorizando citas, artículos, y textos interesantes. Porque el estudio no solo se hace repitiendo frases para el examen o prueba; se consigue reflexionando las materias, en la soledad – aparente, porque nunca estamos solos - del escritorio, de la Biblioteca o del jardín, y entendiendo que con ese estudio y ese trabajo la persona humana se dignifica, se dignifica el estudio y se dignifica a los demás. No aguanté la tentación y abandonando por algunos minutos mi encierro, caminé hacia mi Residencia Universitaria, como lo hago cada vez que voy a Santiago. Pero esta vez era diferente. Al tocar el timbre y entrar, y constatar la presencia de algunos residentes, capté que ellos tienen la edad de mis alumnos, que ninguno se dirige a mi de “tu”, y que algunos de los que allí vivíamos nos encontramos fisiológicamente algo diferentes. Esta casa tiene un oratorio, y allí adquirimos el hábito de entrar siempre a saludar “al Dueño de Casa”, que vive permanente y generosamente en ese oratorio. En esta casa han estado André Frosard, Jerome Lejeune, Robert Spaemann, Gonzalo Herranz, Aquilino Polaino, Alejandro Navas, solo por mencionar algunos extranjeros notables, y tantos y tantos otros compatriotas que han acudido a las famosas tertulias culturales. En esta casa se celebran los cumpleaños de todos los residentes, y también el del Director de ella, que desde siempre ha sido un evento magno. También hay un día dedicado a los padres de los residentes – casi todos de regiones - en que se les atiende como príncipes durante toda esa jornada. Los fines de semana se atiende social y espiritualmente a varios de los sectores más necesitados de Santiago, y …..creanme, que la amistad es el valor mas grande que allí se vive. Claramente, para un estudiante de provincia, como era yo, es el mejor lugar para vivir. Este flash back se produjo en un abrir y cerrar de ojos, al salir de “mi” Residencia Universitaria, para volver a concentrarme en mis libros, en mi señora, en mi familia, en mis amigos y mis alumnos….en lo ordinario de cada día y en la vida: esa que “mi” residencia Universitaria ayudó tanto a formar, que contribuyó y contribuye a que el “buen salvaje” que llevo dentro sea en parte domesticado. Comenzamos a guardar los libros con mi señora, que ya ha venido a mi rescate de este bendito encierro. Y de vuelta a Viña, de madrugada, en el viaje, ella me comentaba sobre un interesante libro de Catalina de Emerich…….y yo le sigo hablando de “mi” Residencia Universitaria y del bien que ésta seguirá haciendo.

Excelente, fue una descripción con mucho sentimiento de cariño sincero y agradecimiento hacia Alborada, Residencia donde terminé de formarme para la vida y empecé a ser adulto.
Gracias Críspulo.
Muchos Saludos.
Comment by ERICK MARIN FARIAS — September 21, 2005 @ 4:14 pm